Este artículo refleja la verdadera vocación de los que se dedican profesionalmente a la aviación. 
ARTÍCULO FINALISTA EN EL PRIMER CONCURSO DE REDACCIÓN AERONÁUTICA EXTRACREW.COM
Desde el paseo que hay en la prolongación de la pista 29 Pedro suele ver los aviones que regresan a tierra o salen al inmenso azul. Se conoce todos los modelos e incluso los horarios de algunos de ellos y muchas veces exhibe orgulloso e ilusionado sus conocimientos aeronáuticos delante de sus padres, que poco entienden de la fascinación que su hijo profesa a esos cacharros de aluminio…
Pero eso a Pedro le da igual, él siente que algo en su interior está naciendo y que irremediablemente le está acercado a ese mundo. Viendo los aviones a menudo se imagina lo que se sentirá dentro de uno de esos pájaros, cómo será la cabina, cómo serán los instrumentos…, en definitiva cómo se verá el mundo desde ahí. Aunque a sus escasos 13 años él casi ya lo sabe, de tantas veces que lo ha pensado, de tantas revistas que ha ojeado, de tantos libros que ha leído, de tantas fotografías que ha visto y de tantas veces que se ha teletransportado con la imaginación a ese asiento… él casi ya lo sabe. Además, sus amigos ya lo saben. Le notan raro, como extraño a este mundo, saben que Pedro quiere algo más…
No es el dinero, no es la posición, ni el éxito, es otra cosa. No saben describirlo pero todos saben que Pedro anhela dejar este espacio bidimensional para entrar en el mundo que comienza cuando el altímetro se despierta y comienza a subir.
A Delfín -su verdadero nombre es Julio pero todo el mundo le llama Delfín- siempre le ha extrañado ver a ese niño que junto a su bici se pasa día sí y día también viendo los aviones despegar y aterrizar en la pista 29. Mientras a los mandos de su Cessna realiza el giro de izquierdas que le dejará alineado en la cabecera de la 29, Delfín piensa en sus adentros que ese crío debe tener mucha afición para estar ahí con tanta devoción. Con una sonrisa en la boca se dice en voz alta que ese chaval se parece mucho a él hace 15 años. Lo dice en voz alta para sentirse acompañado. Esta vez no tiene a su instructor en el asiento de la derecha y aunque sabe que ya tiene la lección aprendida los nervios empiezan a dibujar sus fantasmas y a secar la garganta. El día de la suelta llegó ya.
Parece que fue ayer cuando se juramentó para lograr ser piloto y después de 6 años de claustro para sacar la ingeniería y del respaldo económico de sus padres, hipotecados con mucho esfuerzo pero alegres por ver como se empieza a cumplir la ilusión de su hijo, ha podido al fin iniciar su formación aeronáutica y seguir esa vocación que le venía consumiendo desde hacía ya mucho tiempo. Pero eso ahora no importa, lee la lista para antes del despegue, con la rapidez del ojo de un águila revisa visualmente todos los indicadores y mandos, notifica el tan esperado "listo para despegue" y tras la autorización empuja suavemente el mando de gases como tantas veces ha hecho antes. Pero hoy es distinto, hoy Delfín no se siente alumno, hoy por fin Delfín es aviador… Como en las películas, como los compañeros de escuela que ya se han soltado y han narrado una y otra vez su experiencia, como en los libros…
Solo ante los mandos y formando uña y carne con su avión: el equipo perfecto y el mundo a sus pies. Delfín siente que el mundo ha parado y le observa volar con envidia. Entonces, en ese momento, aparece el orgullo que se siente allá arriba y que solo conocen los que han compartido esa misma experiencia.
Con el talkie en la mano, Susana observa con nerviosismo el despegue de la pequeña Cessna ha dado ya muchas sueltas, pero a pesar de ello sigue mordiéndose las uñas a la vez que sujeta el talkie cada vez que ve abandonar el nido a uno de sus polluelos. Sabe que Delfín tiene bien aprendida la lección y tan solo reza porque los nervios no le jueguen ninguna mala pasada. A sus 34 años es ya toda una veterana de la aviación y a pesar de los años sigue conservando esa sonrisa infantil que enamoró un día a su novio Luis. No ob




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01/04/2004