Relato semifinalista del Primer Concurso de Relatos Aeronáuticos de Extracrew.com

Mentiría si dijese que me encontraba a gusto o que todo lo anterior había merecido la pena. En aquel preciso momento, sólo me apetecía llorar; únicamente pensaba en salir corriendo. Pero no, allí estaba yo, con más ilusión que vergüenza y con más ganas de comerme el mundo que de que el mundo me comiese a mí.

Y esto último era, exactamente, lo que estaba a punto de suceder. De pie, esperando, con mi mejor sonrisa y mi uniforme azul pitufo de azafata. A punto de abrir los brazos y gritar al viento: “¡soy la reina del mundo!”.

Y entonces, apareció mi número uno para iniciar el “briefing”. Y descubrí lo cruel que puede llegar a ser la gente. Yo, un pequeño ser inocente. Recién llegada a la compañía, indefensa en un país extranjero y perdida en un mundo que muy lejos quedaba de la facultad de derecho y de sus partiditas de mus, estaba a punto de empezar a hacerme dura.

Claro que, para seros sincera, el “training” no había sido un camino de rosas. Y cada vez que mis compañeros y yo pensábamos que nada podía ir a peor, el mundo, el destino o, quizá, Mr. Michael O’Leary, inventaban una nueva forma de tortura.

En fin, habrá muchas historias, pero esta es la mía. La que yo viví y todo lo que aprendí en un mes de formación. Demos por supuesto que ya hemos pasado la entrevista y el examen inicial para acceder al curso del avión. Y aquí estamos, unos sesenta chicos y chicas en nuestra primera clase. Nos dividen en dos grupos en función de la base a la que nos han destinado.

Me toca con un instructor bajito y rubio y con cara de pocos amigos. Pero el hombre es tan profesional que en pleno verano y a 30 ºC a la sombra no se quita la chaqueta, ni siquiera se desabrocha un botón. Vale, 1ª lección captada: “aprende a vivir con el sufrimiento”. Después, clases, muchas clases sobre: marketing, ventas, atender al público, etc.

Y al día siguiente, lo mismo sólo que para que te hagas inmune al dolor te hacen estar allí a las 8:00 o las 8:30 horas, para lo cual tengo que recorrer Madrid en hora y media y levantarme a las 5:30 de la mañana si quiero llegar a tiempo. Por supuesto, no podía ser la única dificultad. Hay que ir maquillada únicamente con cierto tipo de colores, bien vestida, con taconazos (muy recomendables para el metro) y con un precioso moño que, tan sutilmente como siempre y haciendo gala de su gran destreza para el vocabulario, los ingleses llaman “donut”.

Esto, aunque parezca algo insignificante, me supuso un impacto tremendo. No era fácil mirarme al espejo antes de salir de casa y pensar: “Dios mío, parezco la reina Amidala pero, ¡por favor! No quiero acabar con Darth Vader, por favor…”. 2ª lección aprendida: “lo importante es el interior de las personas (os prometo que nos visten así en contra de nuestra voluntad)”.

Entre las múltiples aventuras que te pueden suceder, están las clases prácticas del curso de formación de TCP. La primera, las pruebas en la piscina. ¿Alguien ha soñado alguna vez que se despertaba en ropa interior en la calle? Pues bien, la sensación de estar haciendo el ridículo es la misma sólo que al revés; con más prendas de las necesarias. Allí nos colamos y en su fiesta nos plantamos, pero no había ni Coca Cola para todos, ni nada de comer. Aunque sí encontramos a un grupo de nadadores de élite en la piscina en la que teníamos que hacer las pruebas de supervivencia. Seguro que era para hacernos sentir más cómodos cuando nos viesen con nuestros estupendos pijamas y chalecos salvavidas y nadando al estilo “perro” o “sálvese quien pueda”.

Nos sometieron a varias pruebas para las cuales, una buena noticia (por fin), no había límite de tiempo. La primera consistía en nadar un largo con el salvavidas puesto. Más tarde, había que hacer lo mismo pero en pareja. Y en la última había que hacer grupos de ocho personas, ponernos en círculo en la mitad de la piscina y cantar algo que todos supiésemos para “alejar los pensamientos negativos”, según decían, como sucedería en caso de accidente en el mar. Pero, para entonces, estábamos tan cansados y tan nerviosos que nos pusimos a discutir sobre qué canción cantar. “Feliz Navidad” no era una opción para los supersticiosos más escrupulosos que vienen a decir que los villancicos traen mala suerte fuera de temporada. Así que, tras una ardua deliberación, allí estaba yo, con ocho desconocidos, con un chaleco salvavidas retorciéndome el pescuezo y cantando “It´s raining men” en mitad de una piscina. Apuntad, 3ª lección: “uno no sabe de qué es capaz hasta que lo hace”.

La segunda de las pruebas es la extinción de fuegos. Te ponen en situación para que sepas cómo enfrentarte a todos los posibles tipos de incendios: fuego en el baño, en los compartimentos de maletas, etc. Lo que, traducido al lenguaje coloquial, significa que te enchufan un mono que podría utilizar, tranquilamente, Michael Jordan, una bombona de oxígeno y te hacen gritar improperios en inglés a un polaco que has conocido hace escasas tres semanas. Y, encima, te hacen creer que así salvarás la vida de los dos. Ni me quiero imaginar a David Hasselhoff en los rodajes de “Los vigilantes de la playa”. Pero tú con tu candidez, propia de los principiantes, te crees un auténtico bombero controlando una situación extrema en el centro de (digamos un lugar que suene importante) Nueva York.

Por último, te hacen la prueba de los primeros auxilios con un muñeco al que “revives”. Y cuando has pasado por ese mes de sufrimiento, de preguntarte continuamente ¿seré capaz?, ¿estaré a la altura?, llega el gran día en que te dan tu certificado. Y estás feliz, exultante. Piensas que lo peor ha pasado, pero que ha merecido la pena. Que la vida es maravillosa y tú estupenda y que vas a ser la mejor azafata del mundo.

Y cuando empieza a sonar la música de “Sonrisas y lágrimas” de fondo, vas y te despiertas. Pero de un leñazo contra el suelo y no con el despertador, como de costumbre. Te asignan una base que tú no habías pedido pero lo aceptas porque piensas que aprenderás mucho. Te mandan al país de destino un día antes de empezar a trabajar pero estás contenta porque vas a hacerlo lo mejor posible, con todas tus ganas. Pero te enteras de que te han perdido la maleta y no la recuperas hasta dos días después, descubriendo que la habían mandado a Dinamarca por equivocación.

Y cuando tus compañeros de piso, que llegaban en otro vuelo distinto al tuyo, se han quedado atascados en Oporto y no puedes dormir en tu casa recién alquilada, te llaman para contártelo, piensas en mamá. En eso o en que hubiese sido mejor echarte a la mar y vivir de comer espinacas como Popeye. Porque seguro que no lo hubieses pasado tan mal.

Pero amigos y amigas, todo pasa y de todo se aprende. Lo que me ha enseñado este trabajo es que hasta la peor de las situaciones puede ser divertida. Tan sólo hay que recordar que muchos de nosotros nos dedicamos a esto de transportar pasajeros de un lado a otro para tener ese contacto con la gente que, de otra forma, no lograríamos. Este ha pretendido ser el relato de cómo despegue en esta profesión. Así que, desde este rinconcito y con mi bolígrafo en mano, les recomiendo que se sienten, se relajen y disfruten de este vuelo con nosotros. De todas formas y para todos aquellos escépticos a bordo, les informamos que de que existen dos salidas de emergencia en el centro de la cabina…