Artículo de Javier Rosario, publicado en su weblog «Vectores de realidad de esta Aviación planetaria», en el que narra una de sus experiencias como pilotoEstos hechos fueron tan reales que son de esos días en los que es mejor estar en tierra resguardado que volar en condiciones tan precarias. Pero es parte de nuestra profesión.

Lunes por la tarde, teníamos la recogida prevista a las
18:15 locales.

El panorama era desolador.

Una riada de lodo, de piedras y mucha agua que venía de las montañas.

Las piedras eran del tipo volcánico así que eran auténticas cuchillas.

Al llegar a la recepción todos nos mirábamos con cara escépticos pensando que el avión habría sido desviado al Sur o a otra isla.

Pero no.

Ahí estaba nuestra furgoneta y el conductor repitiendo varias veces "esto está muy mal, muy mal, los accesos al aeropuerto están cortados".

Foto realizada delante del Hotel Mencey con una calle convertida en auténtico río de lodo

Nos subimos y empezamos a callejear para incorporarnos a la Rambla.

Imposible.

El caos era absoluto.

Uno que conoce muy bien la ciudad le comentó al conductor la posibilidad de ir por la calle Méndez Núñez, un poco más abajo y despejada de tantos lodos y barrizales.

Asintió y tuvimos que pasar por un hueco que dejaba un contenedor atravesado.

Era esperpéntico, pero a medida que nos acercábamos de la zona más inferior de la ciudad todo se iba tranquilizando.

El atasco era tremendo en Méndez Núñez.

Hay días en lo que importa verdadéramente no es salir en hora sino salir.

Se me pasó por la cabeza subir por el tranvía, pero había descarrilado hacía unas horas.

Conseguimos avanzar poco a poco.

Incluso el comandante y unas azafatas decidieron bajarse a comprar unos bollos ante la cara atónita de la vendedora.

Seguimos avanzando y llegamos al tunel de salida de la ciudad.

La situación estaba bien.

Mientras todo eso ocurría, se podía escuchar por la radio comentarios de oyentes que llamaban a la emisora diciendo, "veo coches que flotan por aquí, la 3 de mayo es un barrizal, es una vergüenza, mi garaje está colapsado.."

Y nosotros ahí en medio.

Por lo menos el trabajo sucio nos la habían hecho, nos habían traído el avión al aeropuerto.

Al subir todo era niebla, viento y lluvia.

Se seguían escuchando comentarios de meteorólogos diciendo "lo peor no ha pasado, sigue la tormenta ahí y lo peor está sucediendo en Tenerife".

¡Ñooo! ¡Mi madre! como dicen por aquellas tierras.

Llegamos al aeropuerto circulando en mitad de una niebla que más bien parecía una categoría III.

Allí nos estaba esperando el personal de la compañía.

Empezó a llover a raudales.

Era un A321.

Hice como un valiente aquella revisión exterior bien pertrechado.

La sobrecargo estaba con que si una pegatina de una cosa de (que no afectaban a nada)… tocaba irse ahora o nunca.

Estando aparcados, el avión era zarandeado por el viento de forma permanente.

El embarque se hizo con parsimonia, incluso hubo una pasajera que se cayó por el finger.

La luz de la terminal se fue varias veces.

Teníamos un slot para dentro de 2 horas, pero nos dijeron que como estaba el tema nos iban a dar todo tipo de peticiones.

Al pedir la puesta en marcha la controladora nos decía ante aquellos apagones de luz "autorizado, pero pendientes de que se recupere".

Le comenté a la controladora que mirara si funcionaban las luces de pista ya que no las veía.

Me comentó que estaban puestas. Lo que pasaba era que como no funcionaban las farolas de la plataforma y se estaba metiendo una niebla de las buenas, no se podían ver las luces de pista.

Cálculo de velocidades y configuración.

A ver, pensé.

Pista contaminada, windshear en despegue (lo notaba yo) y un A321.

¿Lo mejor?

Más configuración.

Chequeé las velocidades de despegue, las mínimas de control en el aire y suelo, ya que habíamos reducido las velocidades por el procedimiento de pista contaminada… y despegue con TOGA (máximo maximorum).

De acuerdo me dijo el comandante.

La luz no volvía, con lo que seguíamos atrapados por el finger, aquel incordioso cordón umbilical con la terminal.

Volvió la luz.

El tiempo de moverlo y retroceder.

Le pedí dos cosas al ATC.

Una, que nos acompañara el señalero al punto de espera (me pasó una vez en Sevilla con niebla de las buenas y fue lo mejor que hice).

Otra, que coordinadara con el ACC de Canarias un nivel más allá del inicial de 060 para no estar en mitad de una tormenta cambiando frecuencias y sin poder subir.

Nos autorizaron a rodar en mitad de aquel vendaval de lluvia.

Se tranquilizó lo suficiente como para poder tener más visibilidad.

Ya no hacía falta el señalero.

Llegamos al punto de espera después de todas esas pruebas en tierra.

Era el momento de la verdad.

Os digo que lo más crítico es un aterrizaje.

Muy mal se tiene que poner para que no puedas despegar.

Otra cosa es que la situación no acompañaba nada en esa noche tinerfeña donde todo se caía a pedazos.

Era como el último vuelo del Fénix.

El comandante era el Pilot Flying.

Ajuste de empuje de forma estática hasta el 50% y … soltar frenos.

La carrera de despegue era un zarandeo constante acompañado de otra niebla inesperada.

Esperábamos esa velocidad de rotación con ganas y olvidarnos de este infierno.

"Rotación" le dije al comandante.

Tiró del sidestick para atrás.

Ya dependíamos de otras leyes de vuelo.

Teníamos el radar puesto desde la cabecera y sabíamos que, afortunadamente la tormenta estaba debilitada en la prolongación de la pista 12.

Teníamos que pasar esos 200 pies críticos para que no te tumbara una eventual cizalladura.

Teníamos claro, que en caso de cualquier fallo nos iríamos al aeropuerto del Sur, donde sólo habían 5 nudos de viento y mucha visibilidad.

Seguimos subiendo a esa altitud inicial aumentada hasta los 20.000 pies.

Una vez que pasas los 1.000 pies, ya puede pasar lo que quiera (una manera de decirlo), pero era otra cosa.

Al quitar los cinturones a 10.000 pies la sobrecargo entró con cara de relajación.

Sabía que la situación era de lo más dramática.

Y como es el tiempo.

Seguimos ascendiendo en mitad de una noche clara.

La tormenta se quedó atrás y salíamos despavoridos hacia la salvación.

Llegamos al ACC de Casablanca y se podía ver, unas horas más tarde una noche perfecta con aquella luna que asomaba a medias y aquel mar como un plato.