Piloto e ingeniero aeronáutico de 49 años, Fernando Alonso encabeza el grupo de elegidos para darle cuerpo y alma al avión llamado a quebrar los esquemas de la aviación comercial. Fernando Alonso, responsable del Departamento de Pruebas en Vuelo de Airbus, ingeniero y piloto, participó en el vuelo inaugural de A380. Hombre de rasgos serenos y ojos tenaces, Fernando Alonso ha conseguido voltear los focos de los medios españoles desde los circuitos automovilísticos de élite hasta las pistas del aeropuerto de Le Bourget durante la ceremonia de presentación del A380. El jefe de la sección de Ensayos en vuelo de Airbus ha tirado del carro de los ingenieros que le han puesto cara y ojos al avión comercial más grande del mundo, y además tuvo la suerte de participar en el vuelo inaugural del coloso para el que ya resulta difícil encontrar un adjetivo.

"Siempre me han apasionado los aviones. Desde pequeño venía con mi padre a la cabecera de Barajas para verlos. ¡Me maravillaba que aquellos aparatos pudieran volar!"

Así nació la vocación de este ingeniero aeronáutico, que por aquel entonces no se imaginaba dirigiendo los ensayos de vuelo de uno de los consorcios aeronáuticos más importantes del mundo. Después de años de trabajo, su labor ha contribuido a terminar de engranar las piezas del avión comercial más grande de la historia. El espectáculo del Airbus A380 está servido: capaz de recorrer trayectos de 15.000 kilómetros, sus dos plantas o su capacidad para 555 pasajeros son sólo algunos de los mareantes números que se encuentran en el registro del gigante con el que ha tenido que lidiar Alonso.

Los primeros pasos
Al terminar la carrera fue becado con tres meses en la McDonnel Douglas. Allí fue donde le sedujo el campo de los ensayos de vuelo, departamento al que le enviaron recién llegado. "Desde el primer día me sedujo la fusión entre los aspectos técnicos de ingeniería que había aprendido y los operativos, de los que no conocía nada. En ese momento supe que quería dedicarme a los ensayos en vuelo".

Los proyectos en los que participó en California hicieron que se ganara su lugar, así que permaneció allí durante las campañas de ensayo del MD-80 y el KC-10. Convencido de la importancia de conocer los aspectos más intrínsecos al vuelo, Alonso compaginó su tarea como ingeniero con los estudios para obtener la licencia de piloto. "El ingeniero y el piloto tienen que funcionar con una simbiosis perfecta, por eso es tan importante que el ingeniero de ensayo sea igualmente piloto: tiene que poder expresarse bien en ambos lenguajes".

Es en 1982 cuando Alonso y Airbus cruzan sus pasos. Allí comenzará como parte del grupo de ingenieros de ensayos hasta el año 1989, cuando le envían a la Escuela de Ensayos en Vuelo. En la escuela volará aparatos como Mirage III, 2000, F-18, Falcon 10 y también los Caravelle que tanto le gustaba ver aterrizar cuando iba con su padre a Barajas. De vuelta en Airbus entonces continúa participando en las pruebas de los programas A340-300 y 200, A330-200 y 300, A321, A319 y A340-600, hasta el año 2002, momento en el que le nombran Director del departamento.

Convivir con el riesgo
Por más que los sistemas actuales y el trabajo y la profesionalidad de los equipos implican una seguridad enorme antes de echar a volar un avión, formar parte de un primer vuelo conlleva jugarse el tipo ante imprevistos, "es el momento en el que se validan todas las teorías".

Análisis, cálculos y ensayos no dejan de ser predicciones que no se demuestran hasta que estás en el aire. ¿Miedo? "En situaciones así uno está tan concentrado en intentar comprender lo que está pasando y en encontrar la salida que no te da tiempo a sentir miedo. Entonces lo importante es intentar comprender lo que está ocurriendo, mantener la calma y salir de ahí. Lo más peligroso de esta profesión es habituarse a ella y analizar el riesgo" la hora de analizar llega después, "luego, cuando eres consciente de lo que ha pasado, caes en la cuenta".

A pesar de que es consciente de los riesgos ("al final, nuestro gran riesgo somos nosotros mismos, que nuestro trabajo se convierta en rutina y dé pie a un exceso de confianza"), la experiencia es lo que marca la diferencia, sobre todo para el que ve el espectáculo ‘desde la barrera