Relato semifinalista del Primer Concurso de Relatos Aeronáuticos de Extracrew.com
Uffff, las tres y media de la mañana. Y todavía quedan cuatro horas más al destino y siete minutos para el próximo informe de posición. Esto no se acaba nunca. Y aquí estoy, en mitad de la noche, en mitad de… ¿Dónde estamos? A ver… Norte, 32 grados… ¿Y a quién le importa? ¿Y éste? ¿Qué me dices de éste, que lleva cuarenta minutos mirando fijamente fuera? ¿Y qué estará mirando? Porque ahí delante sólo hay oscuridad. Ahora que lo pienso, lleva todo este rato sin moverse y sin pestañear. ¿Le habrá dado algo y llevo casi tres cuartos de hora con éste en estado vegetativo? Tengo que acordarme de meter un espejito en el maletín para estos casos, así podría comprobar si por lo menos respira… ¿Se puede llegar a estar más aburrido de lo que estoy? No, imposible. Aunque no está mal aburrirse. Ahora que lo pienso, es cierto lo que oí a un comandante al inicio de mi carrera, “éste es un trabajo de horas y horas de aburrimiento con algunos segundos de pánico”. Hombre, tampoco diría pánico, pero sí que ha habido momentos interesantes. Como aquel vuelo a Malabo.
Ya sabía yo que el destino trataba de avisarme. Mi primer vuelo a Malabo y no sé qué pasaba que lo retrasaron y retrasaron hasta que tuvieron que dejarlo hasta el día siguiente después de nuestro descanso. Ahí tenía que haber seguido mi instinto y haber tratado de librarme de ese vuelo, pero no, a uno le puede su espíritu aventurero y venga, vamos a conocer África. Total, que después de todo ese retraso iniciamos el embarque y, mientras estoy cargando el plan de vuelo, oigo por la ventana del comandante unos gritos aterradores. Me giro hacia él y le veo asomado por la ventana, a lo que le pregunto: “¿qué pasa?” y él me contesta: “nada, un deportado que se está resistiendo a los de extranjería”, a lo que añade a continuación: “oye, oye, pide refuerzos que les está ganando”. Ni que decir tiene que no se le admitió a bordo, ya que poco después de avisar, llegó una pareja de la Guardia Civil y entre los cuatro le volvieron a meter en el coche y se lo llevaron. En ese momento, me di cuenta de que iba a ser un vuelo peculiar.
Así, el vuelo trascurrió sin más incidentes hasta la llegada al destino pero con tanto retraso acumulado, que coincidimos con un 737 de Air Afrique. Éste estaba aparcado junto al surtidor de combustible, el único punto de abastecimiento que había, ya que Malabo no tenía camión de suministro en aquella época. Así que decidimos parar motores y desembarcar al pasaje. Cuando el Air Afrique terminó puso en marcha motores y se alejó rodando hacia otra parte de la plataforma. En ese momento teníamos que acercarnos un poco al surtidor, pero alguien decidió que la mejor manera era empujar el avión… Sí, sí, ¡empujar el MD hasta el surtidor!
Así que, sin dar crédito a lo que veía, subieron la escalera ventral, plegaron la escalera delantera y unos cuantos oriundos de Malabo, se pusieron a empujar el MD-80 hasta la posición del surtidor de combustible. He de decir, en honor a la verdad, que les costó menos de lo que yo había pensado en un principio. Colocaron el avión en posición y repostamos pero al terminar, y habiendo visto el buen resultado que habíamos tenido, el mismo alguien de antes decidió que ya que estábamos, podíamos mover el avión hasta donde estaba la “Terminal”, o sea, el chamizo con tejado de uralita que era la Terminal. Pero claro, una cosa es mover el MD vacío y otra cosa es hacerlo cuando está cargado con el combustible necesario para volver a Madrid. En un momento dado, había más gente que antes tratando, inútilmente, de empujar el avión, con el comandante asomado por la ventanilla sacando fotos. Como además había una especie de capataz gritando a los que trataban de empujar el avión, pude tener una visión muy cercana de cómo debía ser Egipto en la época de la construcción de las pirámides. Lo malo de estas cosas es que luego en casa no se las creen y entonces comprendí por qué el comandante estaba sacando fotos.
Aunque para foto, la que me hice en mi vuelo de suelta en flota. Resulta que al acabar la fase de instrucción tenía que hacer un vuelo con un inspector y programación nos puso un Palma-Barcelona-Palma. Yo pensé: “genial, por lo menos no me dará tiempo a cagarla demasiado”, pero decidieron el día antes que era un vuelo demasiado corto para hacer una inspección y lo cambiaron por un vuelo charter a Noruega, cuatro horas de ida y otras tantas de vuelta. ¿Cuándo aprenderé a estarme calladito?
Así que en ese vuelo me puse a aplicar todos los conocimientos aeronáuticos que había recibido en las semanas anteriores y, mientras estaba enfrascado en las arduas tareas de la navegación, entró una TCP en cabina.
Al principio de mi instrucción, un comandante me dijo que desechase cualquier idea, ánimo o intención con respecto a intentar ligarme a una TCP. Me dijo: “olvídalo, todas tienen novio, marido o ambos a la vez, pero nunca somos nosotros”. Lo cierto es que lo más cerca que he estado de ligar en vuelo fue ese día rumbo a Noruega. Mientras ella conversaba animadamente con el comandante, yo me dedicaba con ahínco y tesón a determinar cada cuarenta y cinco segundos nuestra posición en el mapa, como si el GPS no lo tuviera bien clarito, “si estamos en el radial 125 de Toulouse y en el 280 de Marsella estamos en… ¿El Cabo de Hornos? Pero, ¿no íbamos a Noruega?
En ese momento de absoluta concentración en la carta de navegación, noté un cosquilleo en la parte de atrás de la cabeza. Yo, bendita inocencia, pensé que se había descolgado la máscara de emergencia, que en el MD estaba colgando tras los asientos, cuando de repente me di cuenta de que las máscaras de emergencia no tienen dedos. Cuando tras un buen rato de hacer integrales comprendí que era la chica en cuestión quien estaba jugando con mi pelo mientras hablaba con el comandante, yo me dije a mí mismo: “¡a mí me va a vacilar ésta!”.
Una vez más… ¿Cuándo aprenderé a estarme calladito?
Así que, cuando la chica abandonó la cabina, yo pedí permiso, tal y como manda el manual, para ausentarme de mi puesto. Al salir, cerré la puerta de cabina detrás de mí y al ver que ella estaba sola y que la cortina del galley estaba echada, me acerqué a ella y tras ponerme a unos diez centímetros de su cara le pregunté: “¿Qué, te gusta jugar?”, a lo que ella respondió con un rápido movimiento que casi nos pegó nariz con nariz mientras decía: “sí, ¿por qué?”, a lo que yo contesté con un “no, por saberlo”, mientras huía con las orejas gachas y me refugiaba en el cuarto de baño delantero. En mi vida me he llevado un corte como aquél. Eso sí que fue una salida por el final de pista. Recordaré ese vuelo no por la inspección, sino porque los órdagos hay que saber echarlos, y mantenerlos. Después de aquello ya no volví a vacilar, con razón dicen que esta profesión te enseña a ser humilde. Sí esto me pasase ahora…
– ¿Decías algo?
– No, nada, que ya hay que dar el siguiente informe de posición.
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14/05/2010