El piloto y usuario de Extracrew.com Paul Provo relata en este artículo una experiencia que tuvo cuando trabajaba volando para una compañía de carga

Era miércoles, Youngstown, Ohio, EEUU, 1992. Se me estaba acabando el último paquete de pitillos y como todavía no llegaba el camión con la carga, saldríamos con retraso del pequeño aeródromo. Peor, no había máquina expendedora. El Capitán, Mark Luman, fumaba el doble que yo. Sabiendo que estaríamos toda la noche volando, no apetecía ir corto de tabaco con él.

Hacía frío. Soplaba del norte, rachas de viento penetrantes que traían minúsculas trazas de agua nieve. El suelo crujía bajo mis botas. Me tocaba rellenar de aceite los dos tanques, uno por motor, en cada ala. Subir con el bidón de 15 galones era todo un riesgo pero era mi tarea y algo que tenía que hacer un segundo piloto que valía su paga. Desde mi posición, a seis metros sobre el suelo, vi llegar el camión con la mercancía. Cuarenta minutos tarde. Por fin nos íbamos. El cielo se volvía más y más negro mientras avanzaba hacia nosotros.

Mark estaba al teléfono activando el plan de vuelo. Eso es nuestra ruta a seguir una vez en el aire. El parte meteorológico no era bueno, con tormentas y engelamiento en toda la ruta. Nuestro avión, un bimotor DC 3 (Dakota) matrícula N-302-SF, construido en 1938, se movía en el viento; estaba como aburrido e impaciente por ir al aire, donde estaría en su elemento. Era un avión queridísimo por todo la plantilla de KittyHawk Air Cargo. Veterana de mil historietas, famosa por su dureza, pero un aparato con los días contados debido a su edad. Sin embargo, era un verdadero avión, “A True Airplane”; muy diferente y visceral comparándolo a los FBW Airbus y aviones de high tech.

¡Éramos “Freight Dogs”! ¡Perros de Carga! Y orgullosos de serlo. Nunca sabías con certeza cuándo volvías a casa. Salías un lunes y con suerte estabas en casa el jueves de la semana siguiente… Con suerte, digo. ¿Sueldo? Una miseria, 1.200 dólares al mes, pero la experiencia valía mucho más que cualquier sueldo: ¡hacíamos historia todos los días!

Los chicos del camión (conductor y un ayudante) acabaron de cargar el avión. Eran cientos de chapas de coche. Laterales idénticas para no se qué modelo, todos con bordes cortantes. Muy cortantes. Se amontonaban 30 o 40 unidades en seis secciones que llenaba el interior de cola a cockpit. Bajaron de un salto, comprobé las redes y tirantes de sujeción, cerré la puerta de carga y me dirigí a cabina. Pesaría todo unos buenos miles de libras, no me acuerdo exactamente cuántas, y era importante su buena colocación.

Miré a Mark; vestíamos igual. Parecíamos dos esquiadores. La ropa consistía en calzoncillos de invierno, dos camisetas de manga corta, luego camisa gruesa y un jersey. En los pies, dos pares de calcetines y luego botas de invierno. Encima de todo esto, un traje de snowmobilista, usado y un poco guarro, de plumas. En la cabeza una gorra de esquiador. Ah, y guantes, claro. ¡Los malditos guantes!

Arrancamos cada uno de los dos motores radial Pratt&Whitney. «REAL AIRPLANES HAVE ROUND ENGINES«, de 14 cilindros cada uno. Temperatura exterior 3º bajo cero. Repasamos listas de After Start y al rato nos autorizan a entrar y despegar, viento 310 grados, 22 nudos, o sea, cruzadito de la izquierda. Mark avanza los gases y tiembla todo. Está nevando ya bien y los copitos se estrellan contra el parabrisas mientras aceleramos en la oscuridad.

Inmediatamente entramos en una capa de nubes. La turbulencia aumenta y Mark lucha con los mandos. Subo el tren y luego flaps. Estamos pasando por 250 pies sobre el suelo, cuando…

…BAAAAAAAAAFFFFFFFFFFFFFFPPPAAAMMMMMMM… Se oye un estruendo. ¡El avión se encabrita! Con todas nuestras fuerzas empujamos los cuernos hacia delante para evitar entrar en pérdida. Entrar en pérdida es cuando el avión pierde sustentación, necesitas velocidad pero la velocidad se encuentra picando el morro hacia abajo. Lo malo es que para eso necesitas altitud y precisamente altitud no teníamos mucha. N-302 SF temblaba y sacudía de un lado a otro. Por todos lados alrededor nuestro explotaban rayos y truenos. Lo que faltaba…

Pasaba todo a velocidad luz pero sin embargo parecía todo a cámara lenta. Miré y vi que la carga se había desplazado hacia atrás. Las pilas de chapa corridas como una baraja de cartas. ¡Qué desastre, joder! ¡Joder! Eché a correr hacia la cola. Me acordé de mis guantes pero no había tiempo que perder. Empecé a coger chapas, una a una. Las tiré hacia delante, con la esperanza de vencer el desequilibrio producido por el corrimiento. Paso a paso, se iba balanceando el avión. No sé cuántos minutos pasaron, pero logré terminar antes de estrellarnos… Me tomé un pequeño respiro. Miré y vi que tenía los dedos de ambos manos destrozados. Chorreaba sangre por todas partes. Podían ser los huesos, pero no dolía. Todavía…

Vuelvo a cabina, dejando unas bonitas salpicaduras de sangre a lo largo del pasillo. Le pido un cigarro a Mark. Tenía el avión ya hacía rato bajo control. «Enciéndamelo», le dije. «¡Coño!, enciéndelo tú», me replica Mark. Nos miramos fijamente y se rió. «Oye tío, buen trabajo. Creo que casi me he cagado encima en el puto despegue.» Entonces vio mis manos y exclamó: «mierda, Paul, estás hecho un trapo”. Yo las tenía medio congeladas y vi que tendríamos que hacer algo, y pronto, pues seguían sangrando… Y no cesaba de brotar más sangre. Mark llamó por frecuencia al centro de control de Kent y dijo que volvíamos a Youngstown. Nos autorizaron directo al VOR y dieron la buena noticia de que la tormenta se había alejado del campo. Fumé mientras Mark hizo la aproximación.

Aterrizamos y me esperaba la ambulancia. Eran las 4 de la mañana. Me acompañó al hospital. El médico me inyectó novocaína y empezó a preparar la cura. Mark se quedó a mi lado, pálido y cansado.

Me dolía todo. Habíamos escapado de la muerte de milagro. Mark y yo estábamos contentos de estar vivos.

El doctor me examinó las laceraciones. Tenía las manos agarrotadas. «Relájate, amigo», me dijo. «Eso no va a ser nada». “Sí, sí”, pensé. Empezó a meter suturas y le pregunté cuántos me tocaba. «Nada, siete puntos de sutura«, me respondió, inmerso en su tarea. Me paré a pensar un momento antes de reflexionar: «¿Siete puntos? ¡Qué coños, siete vidas!».

Me miró con perplejidad. «¿Qué?», me preguntó. «Nada, doctor. Nada importante». Mark me captó la mirada y nos reímos. «Mañana más«, le dijimos al unísono, entre carcajadas.