Relato semifinalista del Primer Concurso de Relatos Aeronáuticos de Extracrew.com
contenido.asp?id=982Concurso de Relatos Aeronáuticos
Tengo un libro en la estantería de mi cuarto que se titula “Fantasmas del Aire”, lo compré unas Navidades en una tienda de libros de segunda mano en la Calle Fuencarral. Está en inglés y narra historias increíbles que les pasaron a pilotos en apuros.
Eran las nueve en punto de una mañana fría y luminosa de invierno, me encanta despegar de Cuatro Vientos así, un cielo azul, la Sierra nevada y mi “Tomasa” esperándome en el aparcamiento. Estaba sacándome el Piloto Privado, hoy era mi último “routing”, y volaba solo.
Levaba un mes preparándome el vuelo, me lo sabía de memoria. Despegué el primero y me dirigí a mi destino inicial en Somosierra. Todo se estaba desarrollando con total normalidad, esto es lo que se suele decir cuando a continuación va a suceder algo, hasta que noté una sacudida seca en el avión, me asusté, ¿Qué habrá sido eso?, el avión comenzó a virar hacia la izquierda, intenté compensar metiendo pie derecho, pero nada, enderecé entonces el avión ayudándome de los “cuernos”.
¿Qué pasaba?, me di cuenta que no tenía mando direccional, miré hacia atrás y descubrí horrorizado que un enorme pájaro había chocado contra el estabilizador vertical y el timón de dirección se había desprendido.
Tranquilidad, pensé, acuérdate de lo que te dice tu instructor, en caso de una emergencia, vuela el avión, navega y resuelve el problema.
¿Podría regresar a Cuatro Vientos así? Declaré una emergencia y decidí volver. Mientras viraba miré hacia el ala derecha, lo que faltaba, salía combustible a borbotones, otro pájaro debió impactar en ella.
Tenía que aterrizar ahora mismo, no podía esperar. Pero, ¿dónde? Estaba sobre un espeso bosque, rodeado de montañas, con poca capacidad de viraje y desprendiendo combustible. Era sin duda un momento crítico.
Pasaron unos minutos que se me hicieron eternos, miraba desesperado buscando dónde aterrizar de emergencia. Cuando más desesperado estaba apareció a mi izquierda un biplano rojo y plateado. El piloto, que vestía un gorro de aviador de cuero, una bufanda blanca y unas gafas antiguas de aviador me señaló con la mano para que le siguiera.
Me esforcé en seguirle, pero mi avión a duras penas podía virar. Me estaba quedando sin combustible.
¿Hacia dónde me estaba llevando? Intenté comunicarme con él por radio pero no parecía que él tuviera.
¡Qué avión tan extraño! Parecía de una de esas Fundaciones que restauran y ponen en vuelo aviones antiguos. ¿Y la matrícula? ¡Qué antigua era!
Mi motor empezó a “carraspear”, señal inequívoca que de un momento a otro se iba a parar.
Por señales le indiqué a mi extraño compañero que me iba a quedar sin motor, él me respondió que le siguiera.
Por fin el motor se paró y empecé a descender planeando.
Está loco, ¡cómo vamos a meternos por ahí si voy sin motor y casi no puedo virar? Hicimos un viraje suave mientras descendíamos y nos metimos en un valle, él alabeo sus alas y me señaló hacia adelante. En medio del bosque apareció una pequeña pista de aterrizaje. Allí tenía que meter mi avión y hacerlo a la primera.
Configuré el avión para realizar un aterrizaje de emergencia y con suma suavidad conseguí posarlo en la pista y frenar al final del campo de vuelo casi al borde de los árboles.
El biplano me dio una pasada baja para asegurarse que todo había ido bien, se elevó y lo perdí de vista.
¡Qué día había tenido! Por fin en casa.
A mi madre no le conté nada de lo que había pasado, pero sí se lo conté a mi padre.
Cuando le describí el biplano, puso cara pensativa, me volvió a insistir que le contara otra vez cómo era, qué matrícula tenía, qué vestía el piloto. Entonces se puso en pie y se fue y volvió con un enorme álbum de fotos muy antiguo.
Yo no lo había visto nunca.
Lo abrió, pasó varias páginas y señalando una foto en blanco y negro, me preguntó.
¿Era este el avión? Sí lo era, era exactamente igual.
¿Y la matrícula? Coincidía.
Pues este era el avión de tu fallecido abuelo. Tu abuelo hacía fotografía aérea y volaba este precioso biplano inglés. Un día realizando unas fotografías sobre Somosierra, se le paró el motor y tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia en un pequeño campo en mitad de un bosque, dice que lo encontró de casualidad, que de repente apareció una sombra, que la siguió hasta que vio el campo donde aterrizó. Nadie le creyó cuando lo contó, excepto yo, su hijo, que siempre defendí que todo era cierto.
Hoy pienso que las historias que leí en el libro “Fantasmas del Aire” son todas ciertas, siempre que vuelo en mi avión pienso que mi abuelo vuela a mi lado en su biplano y que algún día me tocará a mi mostrar un campo de aterrizaje seguro a cualquier otro piloto en apuros.




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19/02/2010